Los malos pensamientos
Pierre es un escritor de mediana edad y escaso éxito, autor de dos
libros que han pasado con más pena que gloria y de un tercero recién
publicado que va por el mismo camino. Por un azar, un editor conocido y
poderoso lee la novela, le gusta y comienza a adular a Pierre, cuya
cabeza se ve asaltada por ambiciones insospechadas. Lo primero que
piensa es en traicionar a su editora de siempre, que es su amiga más
fiel y la persona que lo ha apoyado en sus momentos más bajos. Esta
situación es parte del argumento de una película actualmente en cartel,
la francesa Como una imagen, pero podría ser real y refleja muy bien la
contradicción que todos vivimos alguna vez entre los principios que
supuestamente deben regir nuestra vida y esos malos pensamientos e ideas
negativas contra los demás que nos rondan por la mente y nos dan
vergüenza de nosotros mismos.
"¿Envidia yo? Pero sí nunca he sido envidioso"
Porque ¿quién no ha sentido alguna vez envidia de un compañero de clase
más guapo y con más éxito en los estudios? ¿Qué hombre o mujer no ha
tenido deseos de engañar a su pareja? ¿Quién no ha tenido alguna vez
celos por el ascenso profesional de un colega y le ha deseado lo peor o
ha disfrutado maliciosamente con el fracaso de un conocido? Lo raro es
que reconozcamos estos sentimientos ante los demás, porque la vergüenza
que nos producen hace que los mantengamos en secreto. Y es que no
estamos dispuestos a aceptarlos como propios, porque para nuestro yo
ideal, ése que está en sintonía con la imagen que queremos proyectar, no
es admisible tener envidia, celos o ganas de fastidiar a alguien; son
cosas vergonzantes que nos pueden hacen aparecer como ridículos, débiles
o malvados ante la mirada ajena. Por eso los malos pensamientos sólo
afloran en momentos de máxima tensión, cuando el inconsciente emerge de
forma automática, sin que podamos evitarlo. De todas las ideas negativas
que rondan nuestra mente, ninguna nos avergüenza más que la envidia. Es
el sentimiento con peor reputación y más duro de admitir, porque
hacerlo significa declarar que uno se siente inferior y celoso del éxito
de los demás. El filósofo español del siglo XVI Luis Vives calificaba
la envidia como una especie de encogimiento del espíritu a causa del
bien ajeno. Es el estigma de Caín, algo socialmente inaceptable que nos
hace sentir especialmente culpables cuando el objeto de nuestra envidia
es un familiar o un amigo cercano.
La comparación hace que nos sintamos fracasados
Y esto no es una contradicción sino algo consustancial al sentimiento de
la envidia, que normalmente nace de la comparación con las personas que
consideramos que están en un nivel similar al nuestro. Normalmente no
envidiamos que Almodóvar gane el Oscar o que Alejandro Sanz venda muchos
discos, pero sí que a nuestro compañero de trabajo le asciendan o que
nuestro hermano reciba todos los elogios, porque su éxito significa de
alguna manera nuestro fracaso, dado que partimos en igualdad de
condiciones. Además, el hecho de no alegrarnos de su triunfo, como
supuestamente debería suceder, nos hace avergonzarnos de nuestro
egoísmo. El psiquiatra Carlos Castilla del Pino cree que no se envidia
lo que posee el envidiado, sino la imagen que éste proyecta como
poseedor del bien. La envidia revela una deficiencia de la persona que
la experimenta; la tristeza del envidioso no está provocada por una
pérdida, sino por un fracaso: el de no haber logrado lo que el otro sí
ha logrado.
"En la oficina, antes muerta que simpática"
En los centros de trabajo son frecuentes los celos y envidias hacia
aquéllos que tienen habilidades que descuellan por encima de los
compañeros. Según el psicólogo chileno Antonio Mladinic, la llegada de
un empleado brillante a la empresa suele provocar en los demás la
sensación de que ellos están perdiendo valor. A veces los nuevos son
recibidos con frialdad por su equipo, que alimenta todo tipo de rumores
maliciosos hacia ellos. Sin embargo, no siempre la envidia es un
pensamiento negativo. Para Elena Borges, psicóloga clínica y educativa
de Madrid, "todo depende de cómo se canalice. Si envidio a una compañera
y trato de emularla para superarme yo sin que mi conducta la
perjudique, no es malo. En ese caso la envidia actúa como un motor
positivo para mejorar nuestra posición y nuestras expectativas vitales".
Según esta experta, "es básico tener autoestima y una escala de valores
equilibrada; si eres coherente con ella y sabes separar la realidad del
deseo, no harás daño a los demás ni a ti mismo". También cree que es
normal sentir vergüenza o culpabilidad por albergar pensamientos
negativos hacia los otros: "la culpa funciona como mecanismo de defensa.
Lo malo sería tener ideas maliciosas y no sentir culpa por ello. Pero
si uno se ve dominado por la envidia hacia un colega o un amigo y se da
cuenta y trata de reconducir sus sentimientos negativos para que no le
afecten tanto, habrá crecido como persona".
¡Qué risa! Te has roto la cabeza
Todos nos reímos casi inevitablemente cuando vemos a alguien caerse,
aunque el trompazo sea de los que duelen, pero no hay nada malicioso en
ello, según la psicóloga italiana Valentina D?Urso, de la Universidad de
Padua: "Es una reacción infantil que permanece en los adultos y está
ligada a la comicidad que provoca la ruptura del equilibrio. Los niños,
cuando juegan a construir una torre, la hacen caer y se tronchan". Para
el escritor y pensador chileno Alejandro Jodorowsky, la carcajada que se
nos escapa sin querer cuando alguien se da un porrazo tiene un efecto
terapéutico: "Al reírnos nos desprendemos de lo que nos duele o tortura.
La risa crea una distancia con nuestros propios conflictos y libera los
nudos. Es como el estornudo, rápido y liberador".
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"Me pone mal que se lleve bien con su ex novio"
Todo lo que hemos mencionado sobre la envidia se puede decir de los
celos, que también nos producen vergüenza. No siempre reconocemos a
nuestra pareja que estamos celosos de uno de sus ex, por ejemplo, a
pesar de que es un sentimiento muy habitual. Según el filósofo José
Antonio Marina, los celos no nos cuentan una historia de amor, sino de
posesión e inseguridad, una inseguridad que es resultado de una imagen
depreciada de uno mismo. Esta baja autoestima nos lleva a veces a
alegrarnos de las desgracias ajenas, otro pensamiento "malo" que a todos
nos ronda alguna vez. El fracaso académico de un compañero, la derrota
del equipo rival, el que un triunfador o un famoso caiga en desgracia y
vaya a la cárcel son situaciones que proporcionan a algunas personas un
placer malévolo. Los alemanes definen este sentimiento de disfrutar con
los males ajenos con la palabra schadenfreude. Es una alegría que no
surge de una lucha directa, de haber derrotado a alguien en competencia
abierta o franca, sino de contemplar como espectadores pasivos el
fracaso de los demás; gozamos sin sentirnos responsables, porque el mal
ajeno se ha producido sin intervención propia.
"¡Cómo alegra que el más listo se quede sin carrera!"
*schadenfreude: sentimiento de alegría creado por el sufrimiento o la infelicidad del otro.
A veces experimentamos schadenfreude con alguien con quien hemos tenido
alguna confrontación en el pasado y a quien nos alegra ver pasarlo mal
porque eso hace que nos sintamos
desquitados. En el fondo se trata de un
complejo de inferioridad. De hecho la schadenfreude suele enfocarse
hacia personas a las que envidiamos, según el psicólogo norteamericano
Richard Smith, que realizó un experimento al respecto en la Universidad
de Kentucky. Los alumnos elegidos como cobayas tenían que ver una
película en la cual dos jóvenes, uno mediocre y otro talentoso, se veían
obligados a dejar los estudios por circunstancias ajenas a su voluntad.
Pues bien, la mala suerte del chico brillante era lo que proporcionaba
más satisfacción a los espectadores, que se sentían envidiosos de su
talento. También la familia es en ocasiones un caldo de cultivo de malos
pensamientos. ¿Quién no se ha sentido alguna vez hasta el gorro de sus
hijos o su pareja y con ganas de mandarles al cuerno o ha buscado
excusas ?"tengo mucho trabajo"? para alejarse del hogar antes de
atreverse a confesar su hastío? ¿Qué padre o madre reconoce abiertamente
que tiene predilección por uno de sus hijos en detrimento de los otros?
El favoritismo constituye uno de los tabúes familiares más antiguos. A
veces se quiere más al más frágil o al que tiene más problemas; otras
veces al más pequeño o al mayor o al chico antes que la chica o
viceversa, o al que más se parece a nosotros. Sin embargo, no se pueden
calificar estos impulsos de malos pensamientos salvo que verdaderamente
se actúe con inquina hacia alguno de los hijos, porque inevitablemente
todos los padres experimentan distintos sentimientos por cada uno de
ellos ?es humano?, por más que supuestamente deban querer a todos por
igual. Tampoco es correcto querer que alguien se muera, pero a todos nos
ha pasado por la cabeza y en ciertas circunstancias puede ser
socialmente aceptable. La psicóloga Elena Borges cree que "no es
malicioso desear la muerte de alguien, aunque sea un familiar querido y
cercano, si es para aliviar su sufrimiento y el nuestro propio". De
hecho quien tiene que ocuparse de un enfermo incurable espera un rápido
desenlace para poder recuperar su vida normal, aunque cuando se produzca
el fallecimiento seguramente dirá con hipocresía que ha sido un alivio
"sobre todo para el difunto". Reconocer que ha sido bueno para nosotros
puede parecer egoísta.
"Cuando te des la vuelta, me voy a poner las botas"
¿Y qué decir de las fantasías sexuales? Casi todo el mundo traiciona
alguna vez a su pareja con el pensamiento y le pone los cuernos
virtuales imaginando aventuras con amigos, colegas, ex novios, famosos,
desconocidos o vecinos. Pocos lo admiten pero las estadísticas resultan
demoledoras. Según una investigación de la Universidad de Vermont (EE
UU), el 98 por 100 de los hombres y el 80 por 100 de las mujeres tiene
fantasías sexuales con personas distintas a su pareja. Una aventura con
un ex constituye el 34 por 100 de las fantasías femeninas y el 22 por
100 de las masculinas. En España, según la encuesta de 2004 de la marca
de condones Durex, el 54 por 100 de las personas encuestadas ha
fantaseado con un amigo/a; el 20 por 100 de los hombres ha soñado con
una relación sexual con la madre de un amigo/a y un 15 por 100 de las
mujeres ha tenido pensamientos eróticos con una amiga. Otro estudio
reciente realizado en Londres revela que el 90 por 100 de las mujeres
británicas ha pensado en ser infiel a su pareja.
Mejor que los cuernos sigan siendo virtuales
En general, estos pensamientos calenturientos suelen llevarse en
secreto. Los cuernos virtuales y sueños eróticos permanecen ocultos en
nuestro interior y raramente los damos a conocer. Nos frena la
vergüenza, el sentimiento de culpa o el miedo a las consecuencias y a
que la relación con nuestra pareja se resienta, pero también nuestra
propia autocensura, una especie de mala conciencia de que nuestros
verdaderos deseos no coincidan con los valores morales o la línea de
conducta que supuestamente debemos seguir. ¿Pero realmente, pueden
considerarse los pensamientos sobre sexo malos pensamientos? Es mala la
crueldad, el deseo de destruir o aniquilar psicológicamente a alguien,
la insensibilidad ante el dolor ajeno -cualquier ser humano estaría de
acuerdo en eso-, pero el sexo... Sí lo es para la doctrina de la Iglesia
católica, que considera que la relación sexual sólo es admisible cuando
se da dentro del matrimonio y está destinada a la procreación, pero
cada vez se extiende más la idea de que el sexo es bueno siempre que se
practique entre adultos, de forma libremente consentida y sin daño para
otros. Para Elena Borges, tener fantasías sexuales es algo absolutamente
sano y normal: "todos miramos a los hombres o a las mujeres, según la
orientación sexual de cada uno, cuando vamos por la calle. El deseo es
natural y humano y nadie debe sentirse culpable por ello. El problema
puede surgir si lo exteriorizamos o tratamos de llevarlo a la realidad,
por lo que pueda afectar a nuestra relación de pareja. Todo depende del
grado de compromiso que tengamos con ella, porque lo más seguro es que
confesarle las infidelidades, aunque no pasen del plano imaginario, le
va a hecer daño". Y es que las fantasías eróticas cumplen su función
afrodisíaca, pero no siempre deseamos ponerlas en práctica; contárselas a
nuestra pareja puede hacerle creer que se trata de una traición real y
producirle celos innecesarios. ¿Se pueden parar los malos pensamientos?
Para el psicoanalista junguiano Murray Stein, "somos en un elevado tanto
por ciento títeres del inconsciente, del instinto. Y el instinto es
pulsión, corresponde al nivel somático de la psique, donde se accionan
el hambre y la sexualidad. El instinto puede ser filtrado por la
voluntad, pero nunca controlado del todo". Sin embargo, casi todas las
religiones y doctrinas morales usan técnicas para frenar los
pensamientos negativos. El creyente trata de protegerse mediante la
oración, a base de repetir jaculatorias que le ayuden a alejar de su
mente las ideas pecaminosas; en el yoga se recurre a la meditación, cuyo
objetivo es alcanzar un estado de relajación mental y corporal a través
de la fijación de ideas relacionadas con una imagen abstracta, un
objeto o una palabra que aisle la mente de los miedos y los pensamientos
negativos.
Aprendiendo a canalizar nuestros sentimientos
Entonces, ¿somos malos por tener envidia, celos, deseos de infidelidad o
manía a un familiar? No, en el fondo, más que de pensamientos estamos
hablando de sentimientos y los sentimientos emergen aunque se
contradigan con nuestros principios éticos y nuestra conducta. Para José
Antonio Marina, todas las culturas, morales y religiones "han evaluado
los sentimientos, considerando que unos eran buenos y otros malos,
proclamando que había que fomentar unos y prohibir los otros. Pero, ¿por
qué malos si son involuntarios? Si yo no elijo mi amor, ni mi odio, ni
mis miedos, ni mis alegrías, ¿tiene algún sentido someterlos a
evaluación moral?". La tensión entre las pulsiones y las ideas produce
una sensación contradictoria pero necesaria a juicio de este filósofo.
Saber conciliar ambas realidades es clave. Está bien que los malos
pensamientos permanezcan secretos; aunque no podamos dominarlos del
todo, sí podemos dirigir nuestros actos para construir con ellos nuevos
hábitos más positivos para nosotros y nuestro entorno.
Luis Otero
fuente: muyinteresante.es
Synchronicity México, Medita México